
Me asombra ver la cantidad –penosamente baja- de personas que se preocupan por capacitarse para dar la mejor atención a los niños de sus comunidades. Me asombra más ver cómo, quienes se declaran creyentes, abandonan esta labor por tener muchas responsabilidades institucionales. ¿Qué responsabilidad institucional más grande que la desplegar una educación universal a los niños y prejóvenes del mundo?
Me aflige ver el letargo al que estamos sometidos. Los niños no tienen letargo. Sus voces se han ensombrecido por gritar hasta sacarse los pulmones y llorar para despertarnos. Pero aún así, la impunidad con la que hemos descuidado sus jóvenes vidas es irreversible. No quiero parecer fatalista, nada más lejos que eso. No quiero tampoco parecer una cómoda crítica que se esconde detrás del cobarde disfraz del reproche para hacer nada. Para cumplir ese rol ya hay varios.
Al fin y al cabo estas son palabras negras que se las lleva el viento –o el anonimato de un blog que sólo leen unos pocos-, pero por lo menos han servido para hacerme sentir mejor. Qué regalo más grande sería que puedan levantar a alguien.
Este es un mea culpa, un grito desesperado, una representación de enojo, un canto de salvación para alguien que siente –y espera no estar equivocada- que todavía podemos hacer algo.
