Esa garrafa era nueva. Nunca había usado una porque durante todos sus años de cocina activa había contado con gas natural. Ahora, en ese departamento alquilado para ella sola, se la habían asignado y la odiaba. En su primer encuentro la miró con desconfianza: tan pesada, tan sucia, pero adentro tenía el don más preciado para su actividad más preciada: cocinar. Suficiente sorpresa le causó el día que, caminando por el living, sintió un suave "psssssssssssssssssssssssss", sereno. Corrió desahuciada a la cocina diminuta y acercó el oído al armatoste amarillo. ¡Se estaba escapando! Se iba, tan fácil, tan pronto, y ya era imposible volverlo a meter. El gas se había esparcido por toda la casa con la alegría de los años que pasan y ya no vuelven. Una sensación de angustia se apoderó de ella, tocando la válvula, apretándola, moviéndola. ¿Qué hacer?. No sé qué hacer. No sé qué hacer.
El shhhh...se reía con paciencia de su desventura, de la tristeza del olor pastoso en al garganta. No te vayás, le dijo en un susurro y le dio un último golpecito a la perilla negra inútil. Los ojos estaban rojo-cansado. Una siesta no vendría mal. Se rió de su desdicha repentina. Le dijo adiós a sus años felices. Cerró los ojos.
Un final optativo:
...le dio un último golpecito a la perilla negra. ShhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhT. Terminó. El suplicio se había acabado. Comprendió la mística de los años fugados. Ya no iban a volver y se reían de ella y de sus tristezas. Se iban flotando en el aire, como el gas en su sala. Era el momento de vivir.
Nota al lector: opte por el que le sirva de catarsis de acuerdo a su estado de ánimo.
martes, 12 de noviembre de 2013
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